LA EMERGENCIA DE UN PUENTE (O CUANDO ES NECESARIO UNIRNOS): EL ASOCIATIVISMO CULTURAL PARA UNA GESTIÓN ARTÍSTICA EFICAZ
En el presente escrito haré referencia a una serie de conceptos que me parecen centrales a la hora de comprender una gestión cultural eficaz: equidad, asociativismo cultural, participación, coordinación comunitaria y trabajo de base. Cada uno de ellos forma parte de una serie de cualidades que la gestión cultural debiese acoplar a su labor. Los que yo anoto no agotan en absoluto el listado de conceptos, pero aportan a la idea central que desarrollaremos en las siguientes líneas: el trabajo asociativo horizontal (en red) es parte constitutiva del trabajo de base de las distintas agrupaciones culturales, pero esto resulta compleja sin la existencia de una “coordinadora cultural zonal” autogestionada que propicie el trabajo asociativo entre los distintos actores culturales.
Tal proposición es simplemente eso: una propuesta de acción que involucra el trabajo coordinado en beneficio de la comunidad artística y poblacional. Tal propuesta no se sustenta en el aire. Durante el año 2005 se realizó una investigación en el departamento de estudios del Consejo de la Cultura y las Artes, donde se planteaba la necesidad de crear “puentes” que potenciara la labor realizada por los distintos actores culturales de la comuna de San Joaquín. En aquella investigación, donde participé, se evaluaba negativamente la labor del municipio como agente de intervención, por lo cual se hacía más evidente la necesidad de generar espacios que apoyaran las iniciativas de los pobladores(as) en el campo cultural.
En las siguientes páginas se abordan estos tópicos y se entregan algunos lineamientos generales que una gestión cultural eficaz debería, según mi experiencia en investigación y acción, tomar en cuenta. Esto, ciertamente, como sugerencia.
A. El dilema teórico de la gestión cultural
En las ciencias sociales se comprende “lo cultural” de múltiples formas. No existe una definición que nos explique a cabalidad lo que significa. De hecho, hablar de la cultura implica un riesgo. ¿Cuál es? Determinar que existe una sola, y que aquella es la mejor: es decir, que es inamovible. Por eso, hoy se hablan de culturas y ninguna es superior a la otra. Ni siquiera la jerarquización resulta aceptable: ¿Alta o baja cultura? Es una discusión que ya no podemos aceptar.
Nuestra acepción de cultura debe quedar esclarecida desde un primer momento. Hablaremos de cultura y mundo artístico como aspectos separados. La cultura, desde una perspectiva antropológica[1], vendría a ser una serie de patrones de significados incorporados en formas simbólicas, incluyendo allí expresiones lingüísticas, acciones y objetos significativos, a través de los cuales los individuos se comunican y comparten experiencias. En este sentido, nos alejamos de la comprensión de la cultura como patrones artísticos, y entramos en la concepción de intercambios simbólicos en un cierto contexto socio-histórico. Desde esta definición se podría decir que ciertos intercambios permiten u obstaculizan entramados sociales, que permiten o no, mayores niveles de cooperación, confianza y reciprocidad. Una cultura (que puede ser una comunidad) individualista tenderá a tener mayores niveles de desconfianza y a no creer que con el conjunto se podrán lograr beneficios comunitarios. En cambio, una comunidad que posea mayores niveles de cooperación entre sus miembros, tenderá a mantener lazos de confianza y de apoyo mutuo más sólidos. Es ahí donde un agente de transformación cultural debe enfocar su trabajo.
Desde una reflexión teórica se podría plantear que una comunidad (zona-territorio) que posea altos niveles de confianza entre sus miembros, que posea –además- un trabajo comunitario histórico, y que mantenga lazos de cooperación, permitirá que sus jóvenes (por ejemplo que se desempeñen en el mundo artístico), logren mayores niveles de gestión y de desempeño organizacional tanto al interior de las agrupaciones, como en las actividades realizadas. Lo lamentable es que este tipo de casos en Chile son muy pocos o son una minoría. En general, casi se podrían contar con los dedos de mi mano.
Han sido varios los estudios que han determinado que en Chile los niveles de confianza son bajos y más aún los niveles de participación[2]. A nivel mundial estamos lejos de países vecinos o de otras partes del mundo.
Pues bien, este es un aspecto que solucionar y la gestión cultural tiene mucho que decir al respecto. Por ello resulta de suma relevancia que el trabajo desarrollado se enfoque en esta perspectiva: la construcción de mecanismos de confianza y cooperación al interior de los territorios.
Los patrones culturales existentes en una comunidad, como lo anotamos, obstaculizan o permiten la creación de lazos de apoyo. Pero a pesar que en Chile se diga que aquellos lazos están en detrimento, aquí creemos que éstos existen y que se pueden resurgir, pero aquello requiere un trabajo de base desarrollado desde distintos enfoques. Uno de ellos es por medio de la gestión cultural. Con ello, apoyamos la noción que un gestor cultural es un transformador de escenarios (territorios): un actor destinado a fomentar la creación y experimentación de discursos estéticos y políticos (críticos).
De esta forma, el gestor tiene una responsabilidad ética, un compromiso social con su comunidad y consigo mismo, y un desafío de cambio social. La búsqueda de la transformación social sólo se logra en una comunidad donde los lazos de confianza y reciprocidad se mantengan en el tiempo. Por ello la intervención que se logre es de suma relevancia y debe sustentarse en el tiempo: no decaer ni desfallecer, sino que preservar en los objetivos planteados y en la lucha común.
La teoría de redes en este sentido surge como un buen ejemplo de trabajo en la gestión cultural. Ella se debe comprender como una serie de vínculos entre nodos (artistas, agrupaciones culturales) que intercambian distintos tipo de apoyo (financiero, en infraestructura, humano, etc.), para el beneficio del conjunto. La teoría de redes no es nueva. Su uso ya tiene más de dos décadas y sus resultados han demostrado lo útil que resulta ser para los que se benefician de ella. Ciertamente todos tenemos nuestras redes. Lo importante es saber usarlas en beneficio del conjunto y no personalmente (que comúnmente se conoce como “pituto”).
Los niveles de intercambios pueden ser de dos tipos: horizontales y verticales. Los primeros se dan principalmente, según nuestro modelo de análisis, entre artistas o agrupaciones culturales de similares características. Las segundas implican un aumento en la complejidad de los vínculos porque se gestan con instituciones gubernamentales o con mayor niveles de poder de decisión por sobre los demás.
Aquí nos enfocamos en las primeras: en los vínculos horizontales. Cada uno de nosotros conoce a colegas (artistas) o agrupaciones culturales similares a las nuestras. Pero ¿Cuántas veces nos hemos acercado a ellas para pedirles apoyo o para ofrecer nuestros equipos? El sistema económico mundial nos ha enseñado que los recursos son escasos y que la libre competencia es la mejor opción para los clientes: los precios bajan y la calidad aumenta. Al parecer esto ha entrado fuerte en nuestras conciencias.
Hoy justamente lo que no queremos es que nos hagan competir. El FONDART lo ha hecho por más de una década y los resultados están a la vista. Lo que necesitamos es recurrir a la vieja treta del “dilema del prisionero”. O cooperamos ambos o nos engañamos mutuamente y ambos perdimos. La idea del trabajo en redes es buscar la cooperación (recíproca) antes que la satisfacción personal. En este sentido, el trabajo en red horizontal es preferible a que cada una corra por su cuenta. Los ejemplos los pueden pensar cada uno en su casa.
Pues bien, el asociativismo cultural es parte fundamental del trabajo en red. Si existe una obra comunitaria (un espacio físico) y todos los miembros de ella lo utilizan, lo óptimo sería que cada una de ella contribuya con lo suyo. Si cada una de ellas deja el “espacio vacío”, entonces no estamos en presencia de un acto de cooperación. Sabemos que es difícil entablar mecanismos de asociativismo cultural, pero los gastos disminuirían notoriamente si este patrón se lograra. Por lo mismo, resulta indispensable conocer ciertos aspectos que surgen como condiciones asociativas favorables para el trabajo de redes.
B. Las condiciones asociativas favorables para una gestión cultural eficaz
Las condiciones asociativas favorables de agrupaciones culturales tanto autogestionadas como no, deben tomarse en cuenta como factor relevante para la comprensión de la gestión cultural actual. Cada una de ellas afronta parte importante de los desafíos que enfrenta una intervención en una comunidad territorial.
La primera condición asociativa favorable que hemos considerado como central en la efectividad de las agrupaciones y artistas, es la planificación estratégica de las actividades y manifestaciones culturales que se generan a lo largo del año. La planificación como un modelo de organización de las actividades es un elemento central para lograr entablar prioridades de acción y para entablar objetivos claros de logros. Sin un norte que seguir no se llegará a buen puerto. Por ello una carta de navegación (mapa) que coordine a los miembros internos de las agrupaciones debe ser (re)conocido y trabajado por todos, logrando conjugar los intereses colectivos en beneficio no sólo de ellos mismos, sino que también de la comunidad circundante. Ciertamente, una buena planificación, requiere de una eficiente metodología de evaluación (del impacto humano, social, económico y cultural) que tendrá el trabajo realizado: ello resulta fundamental al momento de continuar o no con ciertas acciones.
Una segunda condición asociativa cultural favorable, es la tendencia a la formalización de los vínculos. Si bien en la mayoría de las acciones emprendidas los vínculos establecidos se gestan informalmente, creemos que la formalización de ellos por medio de reuniones formales y contratos basados en la confianza (condiciones de acuerdos pre-establecidas, etc.), son aspectos que fijan un criterio de apoyo más sólido y mejor respaldado. Esta condición es muy importante. Si bien se plantea la necesidad de mayor formalización de los vínculos débiles, lo que está de fondo es dejar bien en claro cuáles son los aportes que cada una de las agrupaciones entrega como aporte a la red. La falta de un nodo (agrupación) deja la red abierta a la desintegración. Es como una malla de pescar: si se rompen los nudos, los peces arrancarán. Si la red existente se rompe o deja espacios libres, entonces el trabajo asociativo se volverá precario y no se sustentará en el tiempo. En este sentido, es importante que los vínculos establecidos sean formalizados lo más posible, y esto se logra en los vínculos de confianza que se vayan tejiendo.
Junto con este último punto, se vuelve imprescindible, como tercera condición, el potenciar y fortalecer los vínculos de confianza tanto al interior de la agrupación, como entre las agrupaciones y organizaciones de mayor jerarquía organizacional (vínculos verticales). Es la confianza con tu par donde crece la fuerza. Pensemos lo necesaria que fue durante la dictadura militar: si uno no podía confiar en el silencio del otro, entonces todo estaba perdido. La confianza en tu amigo, colega, compañero o hermano, es fundamental para trabajar en las redes sociales. Si uno no cree en el otro artista, no podremos gestar proyectos comunes. Por ello, la labor del gestor cultural juega un rol fundamental. Donde existen desconfianzas es de suma urgencia destruirlas, ya que si no podemos revertir tal situación, no podremos transformar el contexto de opresión y marginalidad en que se vive. Debemos estar unidos y sin ese contexto la labor de cambio se nos hará más cuesta arriba de lo que hoy está.
Un cuarto elemento que hemos considerado como condición favorable para el asociativismo cultural, es generar un trabajo cultural hacia y por la comunidad. No sacamos nada con gestionar grandes espectáculos artísticos si la comunidad no nos apoya o no cree en nuestra labor. En este sentido, nuestro trabajo debe tener como misión central entregar herramientas y “empoderar” a los pobladores por medio de la cultura. Un elemento central desde esta perspectiva, es el contemplar a la comunidad como un actor (agente movilizador y no como simple espectador) en las actividades que cada agrupación y artista realiza. Por lo anterior, debemos entregar canales de expresión, de creación y de liberación, no sólo a los artistas o agrupaciones culturales, sino que también (y sobre todo) a nuestra gente.
En este sentido, en la medida que las agrupaciones desarrollen un trabajo enfocado en la comunidad, la cooperación y la reciprocidad cumplirán un papel fundamental en el proceso asociativo. Cuando la comunidad responda a las actividades de las agrupaciones y de los artistas, se logrará movilizar recursos comunitarios en beneficio común. La cooperación en este sentido cumple un factor central al momento de gestionar y planificar la labor del gestor cultural. Es decir, el apoyo recibido por la comunidad luego de las actividades realizadas, lo que podríamos denominar como reciprocidad, va contribuyendo a potenciar el asociativismo entre la comunidad y las agrupaciones, logrando mayores beneficios a corto, mediano y largo plazo.
Un quinto elemento que también parece central es el fortalecer y recuperar la “identidad de clase” de los miembros de las agrupaciones y de las redes generadas. Una memoria histórica común, una lucha común, un proyecto de vida común deben sumarse a la fortaleza que da la “identidad de clase”. En este sentido, la existencia de raíces comunes históricas, en conjunto con el sentimiento de ser “todos pobladores de…”, permite la generación de reciprocidad y cooperación para el fortalecimiento de una identidad común que los diferencie de los foráneos (de los que no quieren ser). En definitiva, el fortalecer y potenciar la identidad de clase de los miembros de las agrupaciones es un componente central en la gestión cultural. Es un elemento que no debemos dejar pasar: sin esa identidad de unidad poco se logrará.
La última proposición de condición asociativa favorable –y no definitiva- es superar los prejuicios que en gran parte de nuestra comunidad existe hacia el trabajo en red. Pienso que el asociativismo cultural es una herramienta útil y necesaria para la generación de un trabajo concreto y solidario. En la medida en que se deslegitime el trabajo en redes por parte de los involucrados en el tema, no se lograrán condiciones asociativas favorables. Es decir, la valoración y respeto del trabajo realizado por las demás agrupaciones y la consiguiente creencia que juntos pueden hacer más, es un elemento central para conseguir un trabajo en redes denso y efectivo. Ya fue demostrado en las elecciones presidenciales pasadas: “Juntos podemos más”. Si seguimos solos por la vida, no conseguiremos mucho. Pero si nos unimos y juntamos nuestros aportes (pero manteniendo las diferencias), se puede llegar muy lejos. Y como fue destacado más arriba: sólo con la perseverancia se lograrán las cosas. En este sentido, debemos estar abiertos a escuchar e incentivar el pluralismo, construyendo un contexto de confianza y lucha crítica generalizada, que permita revertir las condiciones de exclusión que gran parte de nuestras comunidades viven.
Para lograr los puntos anteriores, se exige un trabajo más complejo aún. Las agrupaciones o artistas no se unirán solo por generación espontánea. Se deben gestar experiencias que permitan sembrar tales propuestas en beneficio de nuestras comunidades. Para ello, proponemos la generación de “puentes” que ayuden a reforzar los vínculos que se puedan generar bajo nuestra labor como gestores culturales: “coordinadoras culturales zonales” autónomas y (auto)gestionadas, que logren amplificar experiencias efectivas en sus espacios territoriales, logrando unir esfuerzos comunes en beneficio de la cultura y de los programas (políticos y artísticos) de cambio social.
C. Nuestra propuesta: las CCZ
Cuando se analizaron las condiciones asociativas favorables (que pueden ampliarse a más condiciones), se dijo que nacían de un diagnóstico donde el trabajo municipal era pésimamente evaluado. En general esta aseveración es seguida por parte importante de las agrupaciones culturales. Si las políticas comunales culturales son deficitarias, y las políticas sociales del Consejo de la Cultura y las Artes se han orientado, hasta ahora, al apoyo por medio de fondos concursables y otras itinerancias culturales, ¿Qué queda para los artistas y agrupaciones culturales de base de las poblaciones o zonas territoriales rurales? A simple vista, sólo les queda la autogestión y/o sobrevivir con lo que existe.
Frente al diagnóstico realizado en la referida investigación, se concluyó la necesidad de generar un ente que sirviera como “puente” entre los artistas y las agrupaciones culturales de zonas territoriales. A este tipo de agentes las denominamos “Coordinadoras Culturales Zonales” (CCZ).
Creemos que parte importante del trabajo realizado por cientos de agrupaciones culturales se vería beneficiado con este tipo de entidades. Por ello, el objetivo -complejo por lo demás- es desarrollar una coordinadora autónoma territorial, es decir, un espacio que cuente con recursos propios y por cierto con infraestructura tendiente al apoyo en información, económico, técnico y profesional, y que además coordine las actividades que reúnan a las agrupaciones y artistas de la zona de base.
Dicha instancia debería concebirse luego de una reflexión general del mundo de base y debería contar con el apoyo inicial de las agrupaciones más efectivas, de manera que éstas aporten, desde su experiencia, la importancia de trabajar en conjunto y la cooperación entre las agrupaciones, entre otras cosas. Además, éstas últimas serían las indicadas, ya que poseen, en algunos casos, la infraestructura necesaria y redes sociales a nivel comunal, regional, nacional, y en algunos casos, internacional, para potenciar este tipo de iniciativas.
Sin duda este es un desafío complejo. La autogestión –en algunos casos- limita muchos proyectos y no permite el despliegue (o amplificación) a corto o mediano plazo de las experiencias exitosas de trabajo cultural y de base. Por ello, surgen una serie de preguntas tales como: ¿Quién debería aportar los recursos? ¿La municipalidad, el Estado, El Consejo de la Cultura? ¿Nosotros? ¿Los amigos internacionales? ¿Las fundaciones sin fines de lucro? Es un tema a debatir. Personalmente me inclino a la generación de aportes mixtos, es decir, dineros del Estado, de agentes privados no gubernamentales (Fundaciones culturales) y de nosotros mismos, que permitan gestionar una experiencia autónoma y sin dependencias institucionales. La deuda de los gobiernos frente a la cultura es crítica: más bien la cultura y las artes se han utilizado como “ventaja comparativa” con respecto a la derecha.
Las expresiones artísticas no son de nadie: son libertad creativa. El mundo artístico está agotado de concursos públicos, y de la competencia. Lo que resulta necesario es una política cultural orientada en los principios de la equidad, la participación y el asociativismo. Justamente estos aspectos son los que hoy necesita la expresión artística: un trabajo de base donde el arte, y sus distintas manifestaciones, sean una alternativa de dedicación, capaz de generar en la gente una postura crítica y de desarrollo personal (en varios sentidos: profesional, económico, humano y social).
Esto es lo que buscamos: Equidad (que significa justicia en latín). Las políticas públicas culturales debiesen estar orientadas a dar mayor equidad en el acceso a la cultura (artística) y los beneficios reflexivos que ella entrega. La equidad implica entregar las herramientas necesarias (disposiciones permanentes) para que nuestras diferencias evolucionen y no nos igualen a los demás. Por ello, se propone que la gestión cultural debiera propiciar los caminos para lograr mayor coordinación (redes), que permitan unirnos en un beneficio común, pero manteniendo nuestras diferencias. Por ello, las condiciones asociativas favorables nos permiten fortalecer ámbitos de acción que resultan centrales para lograr una gestión eficaz.
Las CCZ son, entonces, entes que implican grandes desafíos, pero tenemos que pensarlas con cuidado: ellas podrían ser un aporte al desarrollo evolutivo de las expresiones culturales de base. Ahora bien, un ente coordinador autónomo exige un trabajo profesional que la gestión cultural está llamado a suplir. Se necesita planificación organizacional, recursos, infraestructura, metas, evaluación de impacto, etc., pero por sobre todo perseverancia. Sin ella estaremos perdidos. Este tipo de proyectos involucra mucho esfuerzo y confianza entre nosotros. Debemos buscar los mecanismos que permitan unirnos en una gran red para fortalecer nuestro trabajo y no dejar morir a las miles de iniciativas que nacen cada día en nuestro país. Tenemos que (re)conocernos y así repartir las experiencias exitosas (y también las que no) de las manifestaciones culturales que se desarrollan en nuestras poblaciones.
Las CCZ son una propuesta y deben generarse más. Por ello, necesitamos participar y hacer participar a nuestros vecinos, invitarlos e informarles. Debemos reunirnos y hacer de nuestro trabajo una experiencia amplificable a todos los rincones del país, sobre todo rurales y los que sufren la marginación.
En definitiva, debemos asociarnos y generar las instancias permanentes (los llamados “puentes”) que permitan coordinarnos y apoyarnos mutuamente. Las condiciones asociativas favorables son, en este sentido, buenas prácticas a potenciar. Ese es el llamado.
Conclusiones
En el transcurso de este breve escrito hemos planteado la emergencia de un nuevo “contrato social”, donde los distintos agentes culturales valoricen y crean que en el asociativismo cultural existen herramientas para desarrollar y amplificar sus experiencias.
Iniciativa es lo que nos ha faltado en estos años. El presente escrito llama a unirnos para el beneficio de nuestras comunidades de base y también para nosotros. La gestión cultural en este sentido, está llamada a generar los espacios de coordinación zonal donde cada una de las agrupaciones aporte con su experiencia y sus “equipos”. Debemos apoyarnos entre nosotros, conocernos y amplificar un discurso que pienso nos une: la transformación social por medio de la cultura y las artes.
A lo largo de nuestras propuestas nos referimos a la equidad, a la participación, al asociativismo, etc., y propusimos un ente que sirviera como “puente” que denominamos como “Coordinadoras Culturales Zonales”, las CCZ. Esto no es más que una propuesta de trabajo futuro para los gestores culturales y es un desafío para el trabajo cultural de base de nuestras miles de agrupaciones culturales y artistas de nuestro país.
Personalmente soy un convencido que por medio de la cultura y las artes la reflexión crítica y el desarrollo personal (humano, social y cultural), se fortalece y permite superar los mecanismos de exclusión y marginalidad. El que crea arte (discursos estéticos) entrega un mensaje hacia la sociedad. Que el mensaje sea efectivo o no, depende de lo que hoy nos propongamos como trabajo cultural.
En conclusión, si nos mantenemos alejados y de forma apática entre nosotros, no lograremos la transformación social que deseamos. Pero para lograr unirnos cooperativamente, es necesario, desde una mirada teórica, el desarrollo de puentes que ayuden a coordinar el trabajo cultural. El presente ensayo apela a eso: las CCZ son una posibilidad (propuesta) para lograr un trabajo basado en la confianza, la cooperación y el trabajo en red de los creadores de arte. Pero para lograr aquello, se requieren políticas públicas que nos entreguen herramientas y no nos hagan competir entre nosotros, ni nos utilicen en beneficio político.
[1] Véase el análisis de Larraín, Jorge “¿América Latina Moderna? Globalización e identidad” Editorial Lom, 2005
[2] Véase “Nosotros los chilenos: Un desafío cultural” Informe de Desarrollo Humano 2002, PNUD, Santiago de Chile, 2002.








